Odias despertarte. Quizás por un miedo ancestral a la noche. O al día. A vivir. Así hemos sido arrojados sin elegirlo. Cómo afrontar ahora este abismo...
Quisieras haber hecho más, no abandonar ese lugar y estado mágico de la madrugada que de nuevo ha de esperar; esperar todo un día inauténtico a alcanzar esa franja horaria, tierra de nadie, en la que no existes, y sí, te vuelves fantasma etéreo, observador y espía, coprotagonista de la película; y todo y todos existen ahora más que nunca, menos dolorosamente, con la fuerza de la inexistencia callada y dormida. Pensarlos en suspensión, en un momento en el que nada y todo pasa. Su dolor, el dolor de tal existir desaparece cuando los ojos que te miran como ardientes soles se alivian en la oscuridad de la noche.
Como una divinidad, más allá del bien y del mal, entre el día y la noche, entre el límite sin límite, que mira desde arriba la creación del hormiguero de Dios.
No soportas la angustia de un día menos, del gris de esta ciudad, mientras yo espero un día más. Quizás por eso nunca te vas a la cama, -me pregunto sabiendo la respuesta-, haciendo de la noche tu refugio e infinito. Tu miedo, tu droga, tu oscura amiga que todo lo abraza. O quizás sea al revés.
Y yo ansío, como ansío ver tu ilógica sonrisa cada amanecer, una nueva oportunidad, con la esperanza de la mañana, quizás también ancestral e inocentemente ingenua. Para poder hacer lo que ayer no pude, intentar descifrar la clave para saber amarte. Más y mejor. Con la luz nueva del sol naciendo sobre mi rostro; naciéndome.
Me entierras en vida con tus grandes ojos tristes. De luna y de sol... Así a veces imploro que no los abras jamás, hasta que el sol se ponga de nuevo, cuando ya no pueda ni ver ni soportar que me miras, implorando algo que ni yo ni nadie puede devolverte.
Jamás despertaremos juntos. Por más que abrazados nos durmamos.
10,000 km no es una cifra redonda. Es una maldición en la que tus lunas y las mías nunca empatan.
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