jueves, 6 de agosto de 2015

Prefiero tu riña por mis pantalones rotos
Que siempre se elevó como rezo de rosario
Como una nube sobre nuestras cabezas
Y que era tu forma de cuidarme, cuidarnos
[te retengo. Existes]
Siempre con tus manos sobre el regazo
ya vacías. Ya vacío. Tan llenas de nudos y de vida 
que amasas como el eterno pañuelo entre los largos dedos
que apuntaron siempre en dirección
a la razón
hoy ya inexistente
hoy ya torcida y torcidos
-quién puede poner razón-

Aquella mirada que reprobaba casi todo lo que era
Que ya había perdido su poder hacía tiempo
Y eso lo sabíamos las dos: la vida que se escapa
-la raíz que me dejas-

Prefiero esa riña que la adolescencia obligaba
A este silencio sepulcral de tu boca antaño siempre alerta
Para la riña
Para la fuerza
Para la pelea
Para vivir
A la súplica de tus ojos
Que ni yo ni nadie puede devolverte
todo que está siendo arrebatado 

Cuando el silencio es lo único que nos queda
-los labios prietos
las mandíbulas en plegaria-
y nos ata y nos une y nos recuerda
A este instante. A este estertor
A este esperar
A la agonía de verte y ya no verte más en realidad

Cuando lo inevitable de la muerte no deja lugar a preferencias,
nada lo prepara a uno para nacer y ser nacido 
Pero mucho menos para enterrar
Y menos aún para enterrar
en vida

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